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El Incomodador

por Juan Sardá

El hombre discreto

  • 11/01/2010
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Entrevisté a Rohmer hará unos seis años en París. El maestro me recibió en su productora sin límite de tiempo y al final estuvimos dos horas hablando. Rohmer tenía por aquel entonces 84 años y aunque estaba jorobado como un protagonista de TBO de Ibáñez se mantenía perfectamente lúcido. Presentaba Triple agente, una confusa y extraña producción sobre espías y contraespías ambientada en los años 30. El cineasta, que estaba entusiasmado con la idea de seguir rodando y que me aseguró que tenía varias películas en la cabeza, sólo terminaría un título más, El romance de Astrea y Celadón, un filme delirante a más no poder plagado de jovencitos y jovencitas ligeros de ropa recitando versos pastoriles. Por tanto, no puede decirse que Rohmer tuviera un fin de carrera demasiado espectacular pero en nada empaña una trayectoria impecable, en algunos momentos sensacional.

Rohmer, que en realidad se llamaba Jean-Marie Maurice Scherer, o sea, que a su manera era un presumido, fue un hombre discreto y trabajador que, como me aseguró en aquella entrevista, disfrutaba sobre todo leyendo, rodando y llevando una existencia con pocos sobresaltos. Con sus películas sucede lo mismo que con esos directores de marcada personalidad cuyas películas, para bien o para mal, se parecen todas. Se diría, que si te gusta una, te gustan todas. Y a mí me gustaban casi todas. La mejor, quizás, es El rayo verde (1986), la historia de una recepcionista que se siente sola en verano y vaga por la costa francesa en busca de un amor que se le resiste. Es un filme emblemático de la carrera de Rohmer, maestro a la hora de retratar las pequeñas miserias y alegrías que definen la vida del común de los mortales.

En sus películas se hablaba mucho y los enredos sentimentales eran con frecuencia el asunto central. A Rohmer le gustaba resaltar los dilemas y contrasentidos de la existencia, esos momentos en los que nos enfrentamos a las grandes cuestiones morales y filosóficas a partir de situaciones y conflictos a menudo nimios o casi banales. El deseo, la pasión, la amistad, la lealtad, la contradicción entre la cabeza y el corazón son temas que se encuentran con frecuencia en su obra. Rodaba con dos duros con París como escenario omnipresente. Todo el mundo tiene sus favoritas y a mí, además de esa El rayo verde, me gustan, y mucho, otras como Mi noche con Maud (1969), La rodilla de Clara (1971), Pauline en la playa (1983) o sus cuentos estacionales.

Inteligente e incisivo, mucho más divertido y sarcástico de lo que pudiera parecer a primera vista, es cierto que las películas de Rohmer (que hizo muchísimas) pueden confundirse un tanto las unas con las otras, lo que puede ser interpretado como prueba fehaciente de su indiscutible personalidad arrolladora. En la Nouvelle Vague, no quiso ser un genio como Godard ni un personaje como Truffaut. Fue un hombre de cine que aseguraba amar la literatura por encima de todas las cosas, un moralista sin moralina y uno de los grandes del siglo pasado.

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