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Marilyn, delirio y dolor

Llega a nuestras pantallas Mi semana con Marilyn, película que reconstruye el convulso rodaje de El príncipe y la corista junto a Laurence Olivier



JUAN SARDÁ | 22/02/2012 


Fotograma de Mi semana con Marilyn, protagonizada por Michelle Williams.

¿Qué pasaría si tu primer amor se llama Marilyn Monroe? Esto es lo que cuenta Mi semana con Marilyn, película de Simon Curtis que se estrena en España precedida de buenas críticas en todo el mundo, muy especialmente para su protagonista, Michelle Williams, que sale airosa del envite de interpretar a un mito que sigue ultrapresente en el imaginario colectivo. Ligera y amable, la película es, sobre todo, una comedia romántica, con un contexto ciertamente peculiar pero siguiendo las pautas del género al pie de la letra. El fascinante episodio que cuenta surge de la pluma y las memorias homónimas de Colin Clark, quien se acabaría convirtiendo en un prestigioso documentalista sobre temas de arte. El asunto tiene chicha porque en el libro no sólo sale Marilyn, también está Laurence Olivier (impecable Kenneth Branagh), Arthur Miller (Dougray Scott) o el propio protagonista, al que da vida con gracia Eddie Redmayne como un atribulado burgués de 23 años enamorado de la actriz y deslumbrado por el "glamour" del cine. Todo ello, en un rodaje tan espantoso en la vida real como el de El príncipe y la corista, pero ciertamente muy cinematográfico.

Mi semana con Marilyn es antes que cualquier otra es el vehículo de lucimiento para una actriz tan sensacional como Michelle Williams. A la viuda de Heath Ledger ya la habíamos visto lucirse en filmes como Brokeback Mountain pero aquí despliega todo su talento, que es mucho. Michelle no es tan guapa como Marilyn pero refleja bien ese encanto fascinante de quien fue, quizá, la actriz más famosa de todos los tiempos. Vemos a una Marilyn muy distinta a la que conocemos en el cine (o no tanto, en su fragilidad estuvo siempre su esplendor) pero que en cualquier caso nos han descrito las crónicas mil y una veces: una mujer bellísima con un talento innato para la actuación, un cuerpo prodigioso con un rostro al que la cámara mimaba y quería como a su hija predilecta, pero una mujer traumatizada por el abandono de sus padres, sedienta de amor y afecto, convencida de que es una intrusa y que carece de ese talento que le desbordaba. Esos personajes geniales y al mismo tiempo sumamente inseguros siempre han resultado fascinantes.

Simon Curtis ha explicado así cómo ha querido retratar al mito: “Yo era muy pequeño cuando Marilyn tuvo su momento de máxima celebridad y nunca fui un gran conocedor de su personalidad. Mi punto de partida estaba más relacionado con las memorias de Clark y su perspectiva sobre la actriz. Creo que Michelle Williams fue muy inteligente al entender que Marilyn la persona había adoptado en su forma de comportarse muchos de los tics que utilizaba en la pantalla y la hicieron mundialmente famosa: el contoneo de caderas, sus guiños de ojo... Lo que sorprendió más a Michelle fue descubrir la obsesión de la actriz por ser reconocida en su trabajo. Ese fue uno de los motivos por los que viajó a Inglaterra a hacer una película con Laurence Olivier. Ella quería ese reconocimiento artístico a toda costa”.

Con la Marilyn que vemos en el cine sucede una cosa que sucede en las películas, actitudes que en la vida real detestaríamos no solo las perdonamos, también nos gustan. El rodaje que describe el filme es un caos constante provocado por los delirios de la actriz, quien cuando no llegaba tarde se quedaba atascada, cuando no se echaba a llorar o directamente no aparecía por el set porque pasaba las horas en la cama lamentándose. No deja de ser extraño ver a una mujer tan afortunada en todos los sentidos sufrir tanto. Marilyn, en este sentido, no deja de ser un enigma a pesar del minucioso trabajo de Williams. En parte, es positivo que se mantenga el misterio porque en ese misterio reside la belleza del mito. Muy entretenida e indiscutiblemente encantadora, la película capta con belleza esa mezcla entre extrañeza, delirio y dolor que implica enamorarse por primera vez.

Sin embargo, con sus muchas virtudes, Mi semana con Marilyn es sin embargo, menor. Curtis, un director fogueado durante dos décadas en la televisión británica, realiza un trabajo impecable pero excesivamente conservador. La película es demasiado lineal y “correcta” cuando, manejando un territorio tan sensible como los sentimientos a flor de piel de una mujer excepcional, o la inmarchitable melancolía de ese “primer amor” desgraciado que nos marcó, hubiera agradecido un tono más poético y menos academicista. Pero hay muchos motivos para ver esta película ligera pero indiscutiblemente simpática. Y Michelle Williams va camino de convertirse en una actriz realmente inmensa.



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