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Martes, 30 de septiembre de 2014
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¿Qué pasa en Barcelona?

La política cultural redefine un nuevo mapa del arte contemporáneo en la ciudad

El sector del arte en Cataluña está preocupado y no sólo por la crisis económica. El reciente cierre del centro de arte Canòdrom y el cese de su director, Moritz Küng, cuando debía haberse inaugurado en 2011, denota el porqué: pérdida de tiempo, de esfuerzos y de dinero público. Y Barcelona sin centro de arte. El problema es político y se extiende más allá de la ciudad. Hace unos días, se anunció el cierre del Espai Zer01 de Olot y la destitución de su director, David Santaeulària, poniendo en alerta a toda la comunidad artística, que demanda menos prepotencia y más diálogo de los políticos con el sector del arte. Negociar medidas, no imponerlas. Aquí les damos voz. Hablamos con artistas, comisarios, galeristas y directores de centros y museos.


BEA ESPEJO | 02/03/2012 |  Edición impresa


Fotografía de Ignasi Aballí del Canòdrom el pasado 6 de febrero tras la manifestación convocada por el sector artístico.

“Atravesamos una fuerte crisis en la gestión de la cultura en la que se mezclan una ideología neoliberal (la cultura debe ser rentable), el miedo a los valores críticos de la creación contemporánea, y la falta de políticas de continuidad (hay que borrar la huella de lo que hayan podido hacer las administraciones anteriores)”, contesta Joan Fontcuberta. El artista analiza lo que actualmente pasa en Barcelona con voz crítica y reclamando urgencia: “Sobra prepotencia y falta escuchar más las voces del sector del arte: negociar medidas políticas, no imponerlas”, añade. Pero, ¿cuál es el problema? ¿Economía o ideología? “La economía es sólo la coartada”, sentencia.

La crisis es política y no de ahora. “Los cambios de gobierno en la Generalitat, en noviembre de 2010, y en el Ayuntamiento de Barcelona, en mayo de 2011, han puesto el contador institucional a cero”, suscribe Fontcuberta como presidente de la Asociación de Artistas Visuales de Cataluña (AAVC). Estos cambios están dibujando un nuevo mapa del arte contemporáneo de la ciudad. Por un lado, faltan lugares intermedios donde exponer, entre el museo que consagra y el centro cultural donde se empieza, que antes suplían espacios como la Sala Montcada de la Fundación ”La Caixa” o La Capella, que con éxito funcionaron durante años. Plataformas con las que los artistas puedan desarrollar su carrera de manera lógica y sin tener que plantearse dejar la ciudad. Por otro lado, las decisiones políticas parecen dotar de nuevos roles a los espacios que hay. La posición que ocupan centros como la Virreina o el MACBA, parecen estar poco claros. Fontcuberta no duda en criticar públicamente el “papel absolutista” que, según el artista, está tomando el museo, y que los representantes políticos lo estén instrumentalizando y usando como muro de contención.

De casta le viene al galgo

En este plano artístico, todos parecen estar de acuerdo en que falta un centro de arte, pieza clave en el ecosistema de la creación artística de cualquier comunidad. Está ausente desde que el entonces Consejero de Cultura de la Generalitat, Joan Manuel Tresserras, pusiese fin, en 2008, al Centro de Arte Santa Mònica (CASM), un modelo de kunsthalle, con proyección internacional, para reorientarlo en un centro dedicado al cruce entre arte, pensamiento, ciencia y comunicación, el actual Arts Santa Mònica. Fue uno de los ejemplos más sonados de instrumentalización política asociada a la cultura en Cataluña.

Desde entonces, la presión ejercida desde el sector artístico sobre los estamentos políticos obligó a la Generalitat y al Ayuntamiento a identificar un nuevo lugar para el centro de arte. Se decidió por unanimidad que el más adecuado era el Canòdrom, un edificio diseñado en 1963 por el arquitecto Antonio Bonet, situado en el barrio de Sant Andreu. Se aprobó la viabilidad del proyecto y se convocó un concurso internacional para elegir el director. El ganador fue Moritz Küng, que dejó su puesto en De Singel, en Bélgica, para trasladarse a Barcelona. Fue en diciembre de 2009.

Hoy no hay Canòdrom y se ha cesado a Küng como director. Lo hacía público la Comisión delegada del MACBA el pasado 7 de febrero tras una reunión a la que Küng ni siquiera fue convocado. El proyecto debía haberse inaugurado en septiembre de 2011, pero fue abortado por falta de presupuesto, alrededor de 1.300.000 euros necesarios de los que el Ayuntamiento cuenta sólo con la mitad. Lo invertido hasta ahora, unos 4.450.000 euros, queda enterrado en un proyecto fallido. Y la historia se repite. A los cambios de legislatura, se suma una cadena de despropósitos ligada a una política cultural errática y confusa; cambios, también, del patronato del centro de arte: primero fue el Consell Nacional de les Arts y el Instituto de Cultura de Barcelona, luego el distrito de Sant Andreu y, más tarde, el MACBA; una estructura legal que nunca llegó a crearse y un trabajo, el de Moritz Küng, que nunca pudo llevar a cabo... El sector del arte, harto de la falta de interés y compromiso político, confiesa estar cansado e indignado.

El propio Moritz Küng lo ponía por escrito, una vez confirmada su cesión, vía comunicado: “Durante estos últimos cuatro años he sido testigo de promesas políticas incumplidas, de mal gobierno del dinero público, del continuo rechazo a entenderse entre los dos iniciadores del proyecto (la ciudad de Barcelona y el gobierno de Catalunya), y del ninguneo de ambos hacia mí como director en funciones del Canòdrom. [...] Mi impresión personal al revisar las fases de la degradación de este proyecto es muy simple: Barcelona, ciudad sin duda dinámica y creativa, es víctima de la falta de ambición de sus políticos e instituciones, incapaces de poner en marcha un centro de arte creíble y con reputación internacional”.

¿Actividad antes que edificio?

La pregunta se la hace Küng y muchos otros: ¿Realmente se quiere un centro de arte contemporáneo en Barcelona? Bartomeu Marí, director del MACBA, y miembro de la comisión delegada que tomó la decisión de poner fin al Canòdrom, responde: “Me consta que Ayuntamiento y gobierno catalán tienen claro que el sistema del arte contemporáneo necesita un centro de arte. Todos coincidimos en que es necesario para Barcelona”, responde. Lo hace afirmando que las razones que conoce del fin del Canòdrom son únicamente económicas. “No hay dinero para adecuarlo. Pero la reflexión es: en el centro de arte, ¿es antes la actividad o el edificio? Su actividad se puede hacer en ubicaciones que necesitan poca o nula inversión. Todo proyecto cultural existe independientemente de sus condiciones físicas. Llegamos a proponer que el centro de arte no tuviese ubicación física y que 'actuara' como oficina de producción de proyectos en la red de centros que ya existe. Pero también se consideró que la institución debe tener una visibilidad clara y reconocible. El informe que elaboró el museo el pasado mes de noviembre, público desde principios de febrero, lo explica claramente: se analizan posibles sedes, por qué es necesario y se hacen recomendaciones. Con todo ello, Ayuntamiento y gobierno catalán toman las decisiones”, explica.

Y la decisión está tomada. El futuro centro de arte se ubicará en la antigua fábrica textil Fabra i Coats, un edificio de cuatro plantas y 2.400 metros cuadrados. Se dice que podría abrirse en julio. Contará, de momento, con 500 metros cuadrados de la planta baja tras unas obras que costarán unos 85.000 euros. Era uno de los espacios recomendados por el citado informe del museo, el segundo por debajo de la Virreina que, tras la marcha de Carles Guerra al MACBA, dirige Llucià Homs. Allí entró sin concurso público. Y en Fabra i Coats, ¿habrá un concurso público? ¿Tendrá un director? ¿Cuál es el plan? ¿Por qué el centro de arte en Fabra i Coats y no en la Virreina?

Homs responde: “No estoy del todo de acuerdo en que la Virreina fuese muy adecuado para el centro de arte. Difícilmente puede serlo dada la limitación que impone el propio espacio, que impide que entren instalaciones o esculturas muy grandes. Por ello, pensamos que Fabra i Coats era la mejor opción. La idea es hacer unas tres exposiciones por año y que haya una convocatoria a la que puedan presentarse tanto artistas como comisarios. De momento, abriremos sin director, con una mesa curatorial con el MACBA. ¿Surgirá la primera exposición de esta convocatoria? No lo sé. Tal vez no dé tiempo y se elija ‘a dedo'. Este espacio acogerá también residencias de artistas y tiene un gran potencial de trabajo. Ahora mismo es un embrión de centro de arte”, explica.

Una “mesa curatorial” similar programará las exposiciones en la Virreina a partir de febrero de 2013. “La idea es que la Virreina funcione en sintonía con el MACBA, que acabe siendo un espacio compartido”, añade Llucià Homs. Por su lado, Marí insiste en que “la Virreina tiene un director y, si necesita cualquier ayuda del museo, la tendrá siempre que quiera. Pero el MACBA programa el MACBA y nuestra prioridad es el proyecto de museo que defendemos”. También deja clara su opinión sobre el modelo de “mesa curatorial”: “Mi recomendación es que el centro de arte tenga un director. Los proyectos deben ser defendidos y ejecutados por personas”.

Voces y ecos

Las nuevas relaciones del museo con el CCCB, la Filmoteca, la Virreina o La Capella, entre otras, parecen dotar al museo de nuevos roles, aunque Bartomeu Marí matiza: “No es correcto pensar que el MACBA redefine el mapa del arte contemporáneo. En relación a los centros citados, el museo mantendrá relaciones de cordial colaboración desde la idea de respeto e independencia de cada proyecto. El nuestro es un sistema plural: perder voces es empobrecedor. Es necesario encontrar maneras de hacer la actividad propia con menos medios y la colaboración entre instituciones es beneficiosa”.

Lo que para el museo son sinergias, para gran parte del sector del arte son alianzas. El galerista Alex Nogueras no duda en afirmar que “en Barcelona se tiende a una homogeneización del control de las estructuras existentes y futuras, favoreciendo al MACBA, que actúa de forma antropófaga asumiendo discurso de forma vertical en todos los niveles de creación artística”, explica. Su análisis de lo que pasa en la comunidad catalana es preciso: “El verdadero problema es la falta de empatía de los políticos y de la sociedad en general hacia la creación contemporánea. Es un problema de educación y conservadurismo. La política siente que tiene un mandato encargado a través de las urnas y el arte contemporáneo entra en los estándares del público en general”, afirma. Tiene claro que el mapa es ya otro y por qué: “El ecosistema creado durante años en Barcelona ha perdido estabilidad. Cada centro/fundación había encontrado su papel definido que encajaba en el panorama. La desaparición de la Sala Montcada propició un desbarajuste que el sector no ha sabido encauzar. Llevamos años en caída libre y eso ha desembocado en el desinterés por parte de la Consejería de Cultura”.

Nogueras también tiene clara la vía de solucionarlo: “En estos momentos no creo que sea posible reorganizar el mapa artístico de Barcelona y Cataluña a través de decisiones políticas. Habrá que esperar una Ley de Mecenazgo que facilite que la iniciativa privada vuelva a establecer un equilibrio con los años. Es hacia donde estas políticas neoliberales nos empujan”.

El nuevo paisaje de Olot

Hace sólo unos días se anunciaba otro cierre, el del Espai Zer01 y la Sala 15 de Olot, uno de los centros de arte de referencia por su rigor, trabajo en red, lectura del contexto local, proyección internacional y profesionalidad con los artistas. Al frente estaba David Santaeulària, hoy destituido e indignado. Responde conciso las dos preguntas que están en el aire: ¿Ha sido un problema de dinero o de política? “El Espai Zer01, más la Sala 15 dedicada a gente más joven, las becas de creación y comisariado, más sueldo y actividades, suponían alrededor de 70.000 euros. Hagan cuentas...”, dice.

Y, ¿hasta qué punto el cierre de este espacio es un efecto de lo que pasa en Barcelona? “El Canòdrom merece un episodio aparte por la concatenación de despropósitos pero sí ha permitido aumentar la sensación de estupor y temblores ante las erráticas decisiones de las administraciones competentes (a excepción del CoNCA, que intentó trazar una ruta). En cierto sentido, señala la sensación de desamparo y poca atención hacia las artes visuales y los vaivenes que se dan al menor cambio de color político. El problema es grave: el sistema del arte es muy frágil y anular el proyecto del Espai Zer01 pone a mucha gente en alerta porque rompe la cadena de transmisión. Al muy baqueteado y maltratado nivel inicial de los artistas se añade el de los espacios donde se apuesta y produce lo que nutre el resto del sistema. Las preguntas vienen solas: ¿Cómo alimentamos esta cadena que desemboca en ferias, galerías y museos si no damos atención a las propuestas de base? ¿Nos limitamos al mercado, a la tradición o al paso del tiempo para legitimar el mundo artístico? ¿Debe el ámbito público facilitar el lugar para la investigación y creación (ese famoso I+D)?”, añade.

Glòria Picazo, directora del centro de arte La Panera, en Lérida, hace una lectura de esa falta de continuidad política enlazando con lo apuntado antes por Fontcuberta: “Tal vez la respuesta la hallemos en que muchas veces se han puesto en marcha proyectos singulares y pioneros que pronto han sido abandonados, sin apenas dejar tiempo a su consolidación. Siempre se está empezando de nuevo y reconsiderando lo que se ha hecho para 'inventar' algo, supuestamente, mucho mejor. Y ahí van pasando años y legislaturas, y el ámbito artístico va perdiendo peso ante el propio sector cultural y, también, lo que es mucho peor, ante la sociedad. Nos faltan decisiones firmes en cuanto a política artística, un sector artístico mucho más cohesionado y, desde luego, no permitir que se sigan escudando en los recortes presupuestarios”.

Decisiones firmes

Lo que está pasando en Cataluña es grave, aunque no debe enturbiar el estupendo trabajo que, con gran esfuerzo, se hace en el sector del arte y en todo el territorio, desde los espacios más grandes a los más pequeños, pasando por las galerías. “El CASM hacía de eslabón entre el MACBA y espacios como Can Felipa, la Sala d'Art Jove o San Andreu. Si antes era el museo el referente por la coherencia de un proyecto bien defendido, ahora son estos espacios los que desarrollan un magnífico trabajo, aunque a veces ostentan un protagonismo exagerado”, explica el crítico y comisario Frederic Montornés, que ha trabajado estos años junto a Moritz Küng en el proyecto del Canòdrom. Propone un debate constructivo: “En lugar de minar un ánimo que a estas alturas está bastante tocado, esta situación también ha provocado la creación espontánea de iniciativas dispuestas a luchar por lo que es un derechocon propuestas constructivas, plataformas de debate y acciones conjuntas. Pese a lo desmembrado que ha estado siempre el sector del arte, se ha generado una conciencia activa que es la vía para desbloquear una situación que no convence a casi nadie. Porque esto que ahora está pasando en Barcelona mañana puede suceder en cualquier rincón de este país. Y eso no puede ser”.





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