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¿Ha fracasado el 3-D?

Balance de la industria del cine tridimensional ante el estreno de Titanic 3-D y tres años después de Avatar

El estreno de Titanic 3-D es otro gesto de confianza de James Cameron, y de Hollywood, en el cine estereoscópico. Pero no todo pinta bien. La expansión industrial de la tecnología y la demanda de espectadores caminan a velocidades muy distintas. La crisis económica, la piratería, la adaptación a las gafas o la propia calidad de los filmes... la industria analiza sus causas.


CARLOS REVIRIEGO | 06/04/2012 |  Edición impresa


Imágenes de: Pina 3D, de Wenders (izda.), Titanic 3-D, de Cameron (arriba) y Hugo, de Scorsese (abajo).

La fe mueve montañas. Lo que no está tan claro es que pueda mover a los millones de espectadores que han perdido la confianza, o nunca la han tenido, en el cine estereoscópico. Al menos la fe de James Cameron permanece inquebrantable. El estreno en formato 3-D de Titanic suena a un verdadero órdago de la industria. Por diversos motivos, las cifras y resultados del cine 3-D todavía invitan al escepticismo sobre el éxito o fracaso de la tecnología tridimensional. La semana pasada, el apóstol James Cameron no tenía dudas: “La crisis económica y la falta de visión de los grandes estudios son dos de las razones por las que el boom del 3-D no ha llegado a materializarse, pero es cuestión de tiempo”, le aseguró a esta publicación en Londres. Él mismo pronosticaba en 2009: “No veo ninguna razón para que en unos cinco años todas las películas no sean en 3-D”. Hoy eso suena a quimera o fantasía.

Como quizá no podía ser de otro modo, la música y la letra oficial es la misma de entonces, cuando en la víspera del estreno de Avatar (2009), su creador aseguraba que “el 3-D hará volver a las salas a aquellos que han dejado de ir”. Para los más optimistas, como el presidente de Dreamworks, Jeffrey Katzenberg, estábamos en las puertas de la tercera revolución cinematográfica (después del sonoro y el color); para los más pesimistas, como el periódico The New York Times, se iba a producir “el último fracaso de Hollywood”, repitiendo el desplome de los años cincuenta, cuando cineastas como Alfred Hitchcock (Crimen perfecto, 1954) coquetearon con la tecnología. En todo caso, ante el estreno de Avatar, la estrategia de una industria por fin completamente volcada con la tecnología era clara. Sólo había una manera de luchar contra la masiva fuga de espectadores de las salas de cine y las devastaciones financieras que estaba produciendo la piratería. Todo o nada al 3-D.

Titanic 3D, ¿una metáfora?

Se sumaron a la nueva causa tecnológica pesos pesados como Steven Spielberg, Peter Jackson, Tim Burton, Martin Scorsese, John Lasseter o George Lucas... Pero transcurrido un tiempo prudencial, quizá ha llegado el momento de hacer balance. ¿Puede el 3-D realmente salvar a Hollywood? ¿O todo lo contrario? Nadie quisiera que la película sobre el hundimiento del Titanic se convierta en perfecta metáfora del destino de la tecnología. Pero desde luego Hollywood no las tiene todas consigo. Algunas cifras invitan a la reflexión. Primer dato: el 38% de las personas que vieron Piratas del Caribe. En mareas misteriosas (2011) pagaron el precio extra en taquilla para disfrutarla en 3-D. Eso viene a ser un dramático descenso respecto al 80% de espectadores que eligieron viajar al planeta Pandora de Avatar (2009) en toda su plenitud estereoscópica. Otro dato: en los últimos tres años, el número de salas equipadas con proyección 3-D se ha multiplicado exponencialmente. En España, que se mueve en la velocidad media del proceso de digitalización de salas del parque mundial, hemos pasado de disponer de 30 salas en el 2008 (el 0'72% de las pantallas) a las 735 que había al final de 2011 (el 19%). Si algo podemos deducir de ambas realidades numéricas, es que caminan en sentidos opuestos. Esto se debe a que la supuesta revolución del 3-D avanza a dos velocidades: la que imprime la industria y la que llevan los espectadores. Desde la Federación de Exhibidores de Cine de España (FECE), su presidente Juan Ramón Gómez Fabra reconoce: “No se han cumplido las previsiones, pero hay que tener en cuenta otros factores, como la crisis global o la piratería”.

Evidentemente, la recesión financiera no ha ayudado a que el espectador esté dispuesto a pagar un incremento del 44.5% del precio de entrada para ver la película en tres dimensiones, si bien no ha impedido que la industria estrene un creciente número de producciones estereoscópicas, aunque sea en “falso 3-D”: el que se obtiene de aplicar el efecto en montaje, un proceso mucho más barato que filmar con dos cámaras.

Si en 2009 se estrenaron en nuestras salas 17 películas en el nuevo formato (que tuvieron 6 millones de espectadores), en 2011 fueron 41. El 2010 dio motivos de esperanza: 25 películas con un total de 14,2 millones de espectadores. Pero el descenso de asistencia a salas que se produjo el año pasado ha hecho saltar todas las alarmas: 11,3 millones de personas. El aumento de filmes fue del 61%, el de pantallas del 45%, pero se produjo un descenso del 20,4% de espectadores. Y eso a pesar del impresionante fenómeno Torrente 4, que estrenó un tercio de sus copias en el formato estereoscópico, convocando a 1.265.000 espectadores.

¿Preocupan estos datos a distribuidores y exhibidores? Fernando Évole, consejero delegado de Yelmo Cineplex, considera que es algo normal: “Hemos asistido al efecto novedad y el efecto llamada, pero siempre he pensado que el 3-D va a ser un complemento del cine tradicional y en ningún caso va a sustituirlo. Ahora se está estabilizando y todavía es pronto para hacer una valoración real”.

La piratería, como señala Gómez Fabra, es otro de los frentes a combatir, ¿pero no fue precisamente la apuesta del 3-D un “mecanismo de defensa” de la industria? Efectivamente, como señala Évole, “nadie puede ir al cine y grabar en tres dimensiones”. Sin embargo, el cine infantil y familiar encabeza la lista de títulos más pirateados, y como sostiene Cristina Borge, directora de Marketing y Ventas de la cadena Kinépolis, “las películas infantiles tienen una cuota de espectadores 3-D que apenas llega al 30%”. Resulta obvio que con un aumento el año pasado del 74% de la tasa de piratería cinematográfica, la compra y descarga ilegal de películas sigue siendo el enemigo número uno de la industria, y que el 3-D apenas ha detenido su imparable tendencia alcista.

El compromiso que Hollywood ha adquirido con la tecnología sin duda obliga a sus acólitos a armase de confianza, y desde los cuarteles del Grupo Cameron / Page insisten: “La percepción y la realidad divergen sobre todo porque los medios de comunicación han propagado la parte negativa de la historia”, decía el vicepresidente de la compañía, Vince Pace, en el congreso anual 3-D Entertainment Summit celebrado en septiembre en California. Esgrimiendo los buenos resultados de El Rey León 3-D aquel fin de semana (30 millones de dólares), Cameron apuntó que “las salas de cine están canibalizándose entre ellas” y que había que “doblar el número de pantallas 3-D para dar cabida a tanta producción. Creo que lo que está pasando es un crecimiento doloroso y no una contracción”, explicaba. Una vez más, la estrategia pasaba por alentar una demanda artificial sin una justificada demanda real de espectadores. “Creo que la afirmación de Cameron es bastante arriesgada, al menos en el caso de España -señala Cristina Borge-. Salvo en semanas muy concretas en las que se puedan concentrar varios estrenos en 3-D, la demanda está cubierta”.

Falta de visión

Habría que sumar al menos otros dos factores causantes del repliegue del cine tridimensional: la problemática adaptación del espectador a las gafas anaglíficas (sobre todo de niños y ancianos) y la calidad creativa de la oferta de películas estereoscópicas, aquello que Cameron llama “falta de visión” de los grandes estudios. Un estudio científico realizado por la Universidad de California en 2011, que investigaba las supuestas ventajas del cine 3-D, señaló en sus conclusiones que “los riesgos de tener problemas de visión, dolores de cabeza y astenopía (fatiga en la vista) aumentan considerablemente”. A su vez, el respetadísimo montador Walter Murch, considerado un sabio teórico del medio, sostiene que, aunque se resolvieran los problemas básicos del 3-D (que oscurece la imagen y empequeñece la pantalla), aún nuestros ojos tendrían que “trabajar” para converjer y enfocar un mismo punto durante un tiempo tan prolongado. “Es un problema importante -concluye el montador de Apocalypse Now-, porque 600 millones de años de evolución no nos han preparado para ello”. La experiencia de Évole a través de las 200 pantallas 3-D que tiene Yelmo en España es bien distinta: “En nuestros cines hemos hecho encuestas al respecto y nadie alega problemas de visión o de salud. Creo que eso es un mito que ha cuajado en los medios, pero no es algo real”.

El aprovechamiento creativo de la estereoscopía (inmersión sensorial, profundidad de campo...) responde a criterios igualmente subjetivos, pero no menos determinantes. Avatar pasó el bautismo de fuego del 3-D moderno, proponiendo insólitas formas de percepción en la entrada virtual al nuevo mundo de su protagonista, pero luego llegó el desencanto. Los fiascos creativos han sido abundantes, desde Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton a Transformers 3, sobre todo porque la inmensa mayoría han optado por el camino fácil de “hinchar” las imágenes en prosproducción, y son pocos los proyectos concebidos desde su origen con una clara vocación estereoscópica. Filmes de animación como Toy Story 3 o la curiosa hibridación entre imagen real y de síntesis explorada por Spielberg y Jackson en Las aventuras de Tintín sí han confiado en el artificio dimensional para su impacto estético, si bien han sido Wim Wenders (Pina 3-D), Werner Herzog (Cave of Forgotten Dreams) y Martin Scorsese (La invención de Hugo) quienes realmente han justificado el renacimiento de la estereoscopía. Sus películas proponen un profundo vínculo entre su formato y su tema, empleando el 3-D con fines creativos y no (exclusivamente) lucrativos. Pero en los intereses de la industria, como es habitual, el rendimiento económico siempre prevalecerá sobre el rendimiento poético.


Del hobbit a los vengadores de la marvel

Las esperanzas de ayer en Avatar son hoy las de Titanic 3-D y serán mañana las de El Hobbit. Para su regreso en dos entregas al universo de Tolkien, Peter Jackson ha rodado las precuelas de El señor de los anillos con cámaras estereoscópicas. Si alguna franquicia es capaz de salvar a la tecnología, y devolverle su capacidad de movilización (que nunca ha alcanzado los números de Avatar), es la de El Hobbit y su dragón Smaug, que llegará a las salas mundiales en diciembre. Hasta entonces, en todo caso, el calendario de estrenos 3-D no dará tregua: Los vengadores de la Marvel, la precuela alienígena Prometheus de Ridley Scott, una nueva entrega de Spiderman, lo nuevo de Tim Burton, Frankenweenie... También en diciembre comprobaremos qué ha hecho el director de Moulin Rouge con el formato. Hasta James Cameron está impaciente: “Hará falta que Baz Luhrmann estrene El gran Gatsby para acabar de demostrarle a Hollywod que el 3-D no es una técnica reservada para películas de acción y dibujos animados”. Y es que la concepción en tres dimensiones de filmes dramáticos y de autor es otra de las necesarias fases de expansión que la industria tiene reservada a la tecnología. ¿Michael Haneke filmando en 3-D? Si ya lo han hecho Wenders y Herzog...


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