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Jaime Rosales

“No hay que dejar a la próxima generación el problema de ETA”


56 Festival de San Sebastián

Después de llevarse el Goya por La soledad este mismo año, Jaime Rosales concursa en San Sabastián con Tiro en la cabeza, aproximación en clave experimental al horror de ETA. El cineasta barcelonés no ha dejado que nadie vea antes de su estreno en el certamen un filme que ha concebido como una llamada a la “moderación” y la supresión de “dinámicas negativas”. Se trata de una fuerte apuesta del cineasta por entrar en el asunto más grave al que se enfrenta nuestro país y que seguro levantará la polémica.


JUAN SARDÁ | 18/09/2008 |  Edición impresa


Jaime Rosales. Foto: Sergio Enríquez

La palabra que Jaime Rosales (Barcelona, 1970) repite más veces a lo largo de la entrevista es “moderación”. Recurre a ella como a una tabla en medio de la tormenta. Pero “moderación”, o algo por el estilo, también fue el argumento esgrimido por Julio Medem hace cinco años, cuando en el mismo Festival de San Sebastián lanzó su documental La pelota vasca y la respuesta fue todo menos moderada. A Rosales le pesa el precedente de Medem, a quien el escándalo le costó una depresión que lo mantuvo alejado del cine, pero no lo suficiente como para permanecer callado. “Mis amigos me han dicho que estoy loco por meterme en este lío. Desde luego, para hacer una cosa así no hay que pensarlo mucho. Pero siento que es mi obligación como ciudadano aportar mi grano de arena. Y no creo que haya que ser vasco para hablar de este tema”.

Es difícil entrevistar a Jaime Rosales por Tiro en la cabeza porque nadie ha visto la película. El director quiere que el público y los periodistas lleguen “vírgenes” al pase en San Sebastián, donde será exhibida el martes 23 de septiembre. Tiro en la cabeza reconstruye el brutal asesinato en una gasolinera de Capbreton (Francia) de dos guardias civiles tiroteados por dos etarras que por casualidad escucharon la conversación que mantenían. Sucedió hace menos de un año, el 2 de diciembre de 2007, y el cineasta supo en seguida que tenía que ponerse manos a la obra: “Es una película reacción, hecha desde la urgencia. Aquella noticia me dejó muy desconcertado. Tenía algo de absurdo. Me impresionó la negatividad que se generaba sobre las víctimas, los familiares de los policías y sobre los propios terroristas que se ven abocados a asesinar. Finalmente, está la negatividad que afecta al conjunto de la sociedad”.

En busca del consenso
Jaime Rosales ha pasado de tardar cuatro años escribiendo, dirigiendo, montando y promocionado La soledad a tener el guión de Tiro en la cabeza preparado en una semana para comenzar a rodarlo en dos meses. El asunto del terrorismo, sin embargo, no es nuevo. En su película premiada con el Goya, Rosales ya mostraba el dolor de una mujer que había perdido a su bebé en un atentado. Entonces, Rosales buscó centrarse en el dolor de la víctima. “Quería una visión desintoxicada por lo que dicen los políticos de un drama humano”. Ahora, el director se mete en política, y lo hace a saco: “Quiero crear una convulsión social. Mi intención es concienciar a los ciudadanos de un problema. Los políticos, en su radicalidad, han estancado el conflicto. Me propongo desmitificar elementos y buscar soluciones”. Entre esos mitos, el del terrorista: “No es un ángel liberador ni es un demonio las 24 horas del día como nos hacen creer. Es una persona normal, con afectos normales que en un contexto ideológico entra en una espiral de violencia”.

- Una persona normal que mata.
- Es terrible. Lo que yo intento descubrir, como artista, es cómo se llega a eso y desactivar esa situación.

- Uno se teme escuchándole una equidistancia entre la víctima y el terrorista en pos del “conflicto”?
- No. Matar no está justificado en ningún caso. No estoy de acuerdo con el montaje de La pelota vasca que ponía un drama y el otro en el mismo saco. Medem es muy buena persona pero se equivocó.

- Hay una dinámica de la violencia que surge de la alienación que ya expuso en su debut, Las horas del día, sobre un psicópata.
- Esta película está más relacionada en el contenido con ese filme que con La soledad, con la que está conectada por la voluntad de utilizar un lenguaje propio.

Un lenguaje propio que pasa porque los actores están grabados con teleobjetivo y aunque los espectadores les vean mover la boca, no podrán escuchar bien lo que dicen. Vuelve el Rosales visionario que lucha por abrir nuevos caminos: “La película tiene una naturaleza mixta. La primera parte, hasta el atentado, es ficción pura y después está la reconstrucción del atentado y el arresto de dos de los terorristas. Hay un trabajo muy elaborado de la imagen y una propuesta narrativa”.

Rosales se mueve en campo minado. Sabe que cualquier palabra puede ser malinterpretada. Aunque afirma no alineare con ningún partido, su discurso recuerda a la dinámica del “diálogo” que defendió Zapatero la pasada legislatura. Pero él no está de acuerdo: “La palabra diálogo no se debe volver a utilizar. Lo que yo estoy planteando es que nos sentemos todos a solucionar el problema, y los terroristas y las víctimas no deben ser parte necesariamente de este acuerdo. Las víctimas merecen nuestro respeto, nuestra solidaridad y nuestra simpatía. Los terroristas tienen que estar en la cárcel, que es donde les toca. De lo que yo hablo es de un consenso de la sociedad y de unos partidos políticos que se comporten de forma responsable, de superar dinámicas negativas y escuchar al otro”.

- ¿Va a proponer soluciones políticas concretas?
- Mis herramientas no son la prohibición o la amnistía, eso son recursos de los políticos. Yo me muevo en el terreno de las ideas.

Un mensaje de esperanza
Si la moderación es una pata del discurso de Rosales, la otra es “escuchar”. Unos planteamientos que pueden hacer sosperchar que el director podría haber caído en una ingenuidad inútil: “Estoy tratando de abrir un nuevo marco de esperanza. Es muy importante recuperar una dimensión espiritual del hombre y la idea del compromiso de la ciudadanía. Confío en la posibilidad de mejorar y estoy de acuerdo en que hay una cierta ingenuidad en ello. Pero lo hago desde la confianza y la responsabilidad, no desde el buenismo. Soy consciente de que el ser humano tiene una parte negativa pero no me interesa pasar por brillante abundando en ello. Hay un cierto romanticismo que ha causado estragos. Es ese romanticismo que defiende el fanatismo y los extremos. No puedo estar más lejos”.

- ¿Han visto la película los familiares de los guardias civiles?
- No. Y me preocupa lo que piensen como me preocupa lo que piense la gente en general. Pero yo voy a San Sebastián a llevar un mensaje de esperanza. Quiero introducir nuevos conceptos en este debate porque no podemos dejar a la siguiente generación este problema.


Representación española

A falta de ver Tiro en la cabeza, que puede convertirse tanto en la reafirmación como en el desenmascaramiento (o ambas cosas) de Rosales, la presencia española en la Sección Oficial de San Sebastián es llamativamente extraña. Por un lado tenemos la ópera prima de Belén Macías, El patio de mi cárcel: un drama penitenciario que recuerda peligrosamente al denominado”cine quinqui” de los defenestrados Eloy de la Iglesia y José Antonio de la Loma en los 70. Un puñado de mujeres marginales muestran sus miserias entre jeringuillas, puñaladas y naufragios emocionales lideradas por ese terremoto de sensaciones que resulta Verónica Echegui. Más que extraña, la película de Javier Fesser Camino es incomprensible. Una tragedia con fugas oníricas de carácter edulcorante para retratar la enfermedad y posterior muerte de una niña con cáncer. Si a Fesser lo conocíamos como un creador de mundos marcianos -El milagro de P. Tinto (1998)-, en esta ocasión se ha querido poner solemne y mayestático realizando una mezcla entre Mar adentro (2004), de Amenábar, y Caótica Ana (2007), de Medem. La película, una crítica furibunda a la ortodoxia católica, posee un puñado de terribles escenas mostrando la debacle de la protagonista, a la que sólo le queda evadirse mediante sueños/ pesadillas para huir de una vida injusta y miserable. A. C.


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