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Martes, 30 de septiembre de 2014
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El tiro se lo habría pegado a España

Especial 200 años con Larra

"Yo también odio la pereza, la presunción y la vulgaridad españolas. Yo, como él, sería capaz de pegarle un tiro a España. Pero ¡quia!, pegárselo uno mismo por semejante mastuerza. Estaríamos frescos"


ARCADI ESPADA | 20/03/2009 |  Edición impresa


Cuando era pequeño me enseñaron que Larra se había suicidado por España. Aquello me pareció de una magnitud sobrehumana, intimidante. Aún no conocía los versos de Espriu, que estaban fuera del temario:
A vegades és necessari i forçós
que un home mori per un poble,
però mai no ha de morir tot un poble
per un home sol.


Hay que fijarse, sin embargo, en que Espriu habla de muerte. De muerte, probablemente heroica, ante el Invasor. Pero el suicidio por un pueblo es otra cosa, inédita, sencillamente catedralicia. En la explicación épica, sin embargo, los profesores dejaban traslucir siempre el nombre de Dolores Armijo, casada con otro hombre, y con la que Larra mantuvo lo que suele llamarse una relación tormentosa. La citaban los profesores, pero pronto pasaban a otra cosa: Dolores sólo fue la encarnación fatal, epidérmica, del dolor profundo. Que era el de España. Compruebo que la explicación no ha caducado, y que un lejano descendiente de Larra ha escrito ahora una biografía donde se mantiene la tesis del pistoletazo patriótico.

Nadie sabe por qué se mata un hombre, ni acaso él hombre siquiera; pero discrepo radicalmente de semejante tesis. Y es más: me siento legitimado para hacerlo. Yo también odio la pereza, la presunción y la vulgaridad españolas, comprendidas las partes y el todo. Yo, como él, sería capaz de pegarle un tiro a España. Pero ¡quia!, pegárselo uno mismo por semejante mastuerza. Estaríamos frescos. Yo, si por causa, me apego a Dolores. Femme fatale. Es mucho más afrancesado, como lo era Larra.

El presunto suicidio patriótico es el cromo que fabrica la apesadumbrada generación del 98, en la que no recuerdo ahora mismo ningún suicidado, y bien que lo tenían para suicidarse en persona, sin delegación ni metáfora. “Anécdotas aparte, Larra se mató porque no pudo encontrar la España que buscaba, y cuando hubo perdido toda esperanza de encontrarla”, escribe Antonio Machado. “Anécdotas” llama el poeta al amor contrariado, es decir, a la más abrumadora causa explicitada por los suicidas en sus documentos póstumos.

El cromo deformó de una manera violenta la imagen de Larra. Es decir, lo convirtió en un romántico. Entendámonos: cualquiera de las dos versiones del suicidio confluyen en la palabra. Una, la de Dolores, alude a la versión más vulgar del término “romántico”: muerto de amor. La del suicidio por España es algo más sofisticada y letal. Presenta a Larra como una suerte de Lord Byron, sin Grecia por la que luchar, y asfixiado por su propio cordón umbilical. No hubo nada de eso. Larra perturba todas las clasificaciones escolares que, sorprendentemente, se siguen manteniendo desde que dejé la escuela. El escritor Larra es un realista ilustrado en la línea de Cervantes, de Cadalso y de Galdós. Larra fue un moderno, y eso es lo único que le está prohibido a un romántico. Nada hay en él (en lo que cuenta, claro, que es su prosa periódica), de la bruma romántica ni de la torva propensión al mito. Digiérase, por ejemplo, lo que escribe en un artículo sensacional, y no muy citado, que se titula “El álbum”. La cita es larga, pero resume una tesis y un hombre, y destruye el cromo: “El que la voz álbum no sea castellana es para nosotros, que ni somos ni queremos ser puristas, objeción de poquísima importancia; en ninguna parte hemos encontrado todavía el pacto que ha hecho el hombre con la divinidad ni con la naturaleza de usar de tal o cual combinación de sílabas para explicarse; desde el momento en que por mutuo acuerdo una palabra se entiende, ya es buena; desde el momento que una lengua es buena para hacerse entender, cumple con su objeto, y mejor será indudablemente aquella cuya elasticidad le permita dar entrada a mayor número de palabras exóticas, porque estará segura de no carecer jamás de las voces que necesite: cuando no las tengo por sí, las traerá de fuera.”

Son palabras extraordinarias. No sólo es que contradigan el romanticismo de arriba abajo y la morralla del Zeitgeist. Es que vienen de Juan de Valdés y anticipan a Saussure. Y lo que es mejor, o mucho peor, en realidad: son plenamente insurgentes en la herderiana España de hoy.

Larra fue un escritor inverosímil. No sólo porque con veintipocos años produjera una escritura de madurez asombrosa a la que sólo puede compararse en precocidad el Camba de El destierro. Ni tampoco porque destruyera para siempre el costumbrismo, de un golpe limpio, con sus artículos... de costumbres. Lo inverosímil es su realismo cuesta arriba. Su osada disposición a vivir como un adúltero.

Y el resto es pura tramoya sentimental, por más que acabe ennoblecida por el pistolón.




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