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Don DeLillo

"Fascinación surgió del miedo que masticamos"

Insobornable narrador, Don DeLillo (Nueva York, 1936) esquiva compromisos y entrevistas. Una por libro y país, dicen que dice, y su agente, veterana y pugnaz, pelea cada minuto de la exclusiva que el escritor ha concedido a El Cultural sobre Fascinación, una de sus primeras novelas, que ahora recupera Seix Barral y que analiza Nadal Suau. Además, reseñamos su último libro, El Ángel Esmeralda, recopilación de cuentos no publicado aún en España y destacado por el NYT como uno de los libros de 2011.


JULIO VALDEÓN BLANCO | 02/03/2012 |  Edición impresa


Don DeLillo. Foto: Julián Jaén

Cita en un rascacielos de midtown, oficina de su agencia literaria, con Don DeLillo. La agente, aguda y dura, preside un reino de cartelones con portadas de novelas, novelas por las estanterías, el suelo y los sofás, y atiende al periodista. Mientras el escritor concluye su entrevista con una periodista sueca que ha llegado tarde, hablamos mucho y de nada. Poco después el propio DeLillo se acerca a saludar. Pasamos a la sala elegida. Pequeña y angosta. Algo así como el despacho de las fotocopias. Supongo que esto es bueno. No hay distracciones. Del pequeño ventanal situado a nuestra izquierda entra una luz indefinida, como turbia de faringitis, contagiada de invierno, que blanquea de acero el perfil del escritor, su estampa de enjuto caballero que hace de la literatura ejercicio de indagación extrema. DeLillo, frente a lo sostenido por tantos, no es seco, desconfiado o impaciente.

Delgado y sabio, huye del exhibicionismo. Se congratula si conoces su obra. Habla de una novela Running dog (1978), que estos días recupera Seix Barral bajo el título de Fascinación. Duda uno si se limitará a solucionar el expediente con pulcro hastío. Su primera frase, “He releído capítulos mientras venía en el tren, de camino a Nueva York, porque casi no la recordaba” resulta inquietante. Porque la novela, un hipnótico thriller sin los condicionantes pelmas del thriller, merece la pena. Cuenta la historia de una periodista joven y crédula en un tabloide izquierdista, de un mercenario con pinganillo que se lo monta con ella, de un congresista que colecciona falos de terracota y películas porno, y al fondo, como quien no quiere, de una película en la que, dicen, podría aparecer Hitler en crepuscular orgía. Material radioactivo, drenaje de anticuerpos sociales, violencia y callejones, el desierto con su tiempo geológico, tan querido por el novelista, y la ciudad podrida. Pero DeLillo recuerda más y mejor de lo que le permite reconocer su pudorosa presentación.

Una Nueva York medieval

Pregunta: En la novela resulta omnipresente Nueva York, fascinante y terrible.
Respuesta: Es que durante parte de los 60 y los 70 parecía una ciudad medieval. Había una suerte de enfermedad mental que lo empapaba todo. Encontrabas gente viviendo en neveras, en coches abandonados, tirados en la calle. Times Square era un circo romano... Recuerdo aquellos coches enormes, pintados de colores brillantes, en los que los chulos paseaban a varias prostitutas, los pimp-moviles, a los que te acostumbrabas.

P.- Y era peligrosa...
R.- Oh, sí, mucho. El crimen creció hasta extremos insoportables. Había robos por todas partes. El narcotráfico aumentó de forma exponencial. Algunas zonas, hoy ocupadas por gente joven y educada, eran entonces lugares terribles, que no podías visitar, ni siquiera de día. Baste decir que en apenas diez años perdimos entre medio millón y un millón de habitantes. La gente huía aterrada y el gobierno federal nos dio por amortizados, por perdidos.

P.- Todo esto aparece en Fascinación.
R.- Claro. La escribí a mediados de los 70, muy deprisa, y considero que es un entretenimiento oscuro, ya sabe, están las agencias de inteligencia, los mafiosos, los asesinos a sueldo, los travestís y los chulos... Claro que viviendo en Nueva York era imposible no contagiarse. Como la ciudad, se trata de un libro bastante extremo, incluso demenciado. Fuerzas poderosas planearon sobre nosotros. La atmósfera del periodo afectó mi escritura, el crimen, la sordidez, los vagabundos, los drogadictos, la paranoia general.

P.- De hecho, la novela arranca con un asesinato.
R.- Sí, en una zona de Nueva York que actualmente es carísima, junto al Hudson, en el lado oeste, lo que se llamaba el Meatpacking district, que se ha llenado de tiendas de moda y restaurantes finos.

La corrupción de la cultura


P.- Y aparece esa preocupación tan suya por el Gran Hermano, por los ojos que nos vigilan...
R.- Había comenzado la era de las cámaras de vigilancia. Algo nuevo y aterrador, la idea de que podían verte, y también la sensación de que la cultura del país se había corrompido. La razón para la novela puede rastrearse en el miedo que masticábamos, presente a cada paso, en las conversaciones, en la cultura popular, en las películas y las canciones, que comenzó tras el asesinato de JFK. De alguna forma pareció que desde ese momento una resolución clara de los crímenes sería ya imposible. Se hablaba de la CIA, de Cuba, de políticos locales o poderosos conglomerados. Nadie sabía qué creer. Este convencimiento general respecto a las conspiraciones derivó en una paranoia casi insoportable, amplificada durante las protestas contra la guerra en Vietnam, o más concretamente con su represión, y con los asesinatos de líderes como Bobby Kennedy o Martin Luther King. Nadie estaba seguro, ni siquiera los políticos, y todo el mundo, desde luego en esta ciudad, colocaba cerrojos en las puertas. Podían entrarte los adictos en casa. O espías. Imposible saberlo.

P.- Desde el convencimiento de que los procesos históricos conviene no achacarlos, por higiene mental, a la confabulación de manos negras, partiendo de esa apuesta por la razón, asusta que varios de los grandes escritores estadounidenses de los últimos cuarenta años hayan subrayado tanto el elemento conspirativo.
R.- Mmm, sí, es curioso. Acaso algunos escritores sentimos como más evidente esa percepción, que el país acumula un déficit democrático, que no todo fue como lo contaron, que hubo y hay caminos oscuros y turbulentos. Imagino que sentimos como la obligación explorarlos, buscar qué esconden, a dónde llevan. Al menos así lo veo yo.

P.- “La historia de los crímenes cometidos por malvados hombres blancos”, que decía James Ellroy, quien por cierto ha citado varias de sus novelas como fundamentales para que diera el salto desde el Cuarteto de L.A. a la Trilogía de América.
R.- Me halaga que Ellroy dijera eso. Lo considero un magnífico escritor.

Mal ciudadano, antipatriota

DeLillo tiene una voz dulce, que deriva en silencios inesperados. A veces se queda mirando la grabadora, el piloto rojo, como si fuera un faro donde encontrar asidero, la palabra concreta y correcta que alumbre en el difícil cabotaje de la entrevista. Se toma su tiempo para responder. Lo hace con la obstinación de quien no regala juicios banales ni respuestas tópicas.

P.- ¿Y qué opina de quienes lo han acusado de mal ciudadano, de antipatriota, por cuestionar ciertos aspectos de la realidad americana?
R.- Seguramente tienen razón, seré un mal ciudadano, y al mismo tiempo un escritor que cumple con su trabajo. Porque, mire, los novelistas no vemos necesariamente más allá o más profundo que los historiadores o los periodistas, pero lo que sí hacemos con las novelas, lo que podemos hacer o aspirar a hacer, es penetrar las mentes y los corazones de los individuos, dar cuenta no sólo de lo que ven, sino ir más allá, y a veces ese camino no es fácil ni amable ni complaciente.

P.- Volviendo a Fascinación, la novela anticipa algunas de las cuestiones fundamentales de nuestro tiempo. Hace poco Obama citó a Steve Jobs en una alocución al Congreso....
R.- Ya, la tecnología... Uno de sus efectos más insospechados y perversos es el aislamiento de los individuos, toda una paradoja que va en contra de lo que intuimos, pues estamos conectados a un volumen de información inimaginable hace pocos años, pero el problema no es que sustituyamos el libro o documento en papel por el formato digital, sino que también sustituimos a las personas por su doble digital. O sea, la comunicación se ha extendido pero no es íntima. Respecto al libro, creo que el formato en papel, aunque sea más incómodo, aunque el digital sea maravilloso por tantas razones, establece una relación más personal. Cuando lees un libro convencional, en tu sillón, pasando las hojas, se trata de un fenómeno libre del elemento de transitoriedad propio del libro electrónico. Al menos tratándose de literatura siempre dependeré más de un libro que de una pantalla. La gente que ha acumulado libros durante décadas lo entenderá mejor. Sólo con mirarlos, contemplar las portadas, las marcas, las anotaciones... Son parte de tu vida. Objetos muy personales que en cualquier caso y con independencia de mis preferencias supongo que acabarán desapareciendo.

P.- ¿Cree que Fascinación hubiera encontrado hoy editor? Lo digo porque usted suele quejarse del estado de la literatura estos días, de lo que los editores esperan de ella.
R.- Bueno, Fascinación es posterior. Ya llevaba cinco títulos, tenía una cierta trayectoria. Pero si pienso en Americana, mi primera novela, creo bastante posible que en 2012 no se hubiera publicado. Los escritores jóvenes de hoy son mucho más profesionales de lo que lo éramos nosotros, me refiero a los aspectos formales de la narración. Pero eso da igual, o al menos importa poco: la cuestión es si tienen algo interesante que decir, si la suya es una visión personal, si lo que escriben resonará en el futuro, si intuimos un aliento largo en su escritura. Quizá en aquella época los editores miraban nuestros libros con la sensación de que eran caóticos, poco meticulosos, irregulares, pero al mismo tiempo sentían que bajo el desorden latía algo importante, y por eso se arriesgaban a publicarnos, y eso es lo que me ocurrió. Me ayudaron con un par de consejos, me encerré a trabajar de nuevo en el libro y al final salió. En realidad no debería quejarme. He sido muy afortunado con mis editores. Pero muchos otros no lo son, y se nota.

P-. Pues ahora está de moda acusar a los editores, a los intermediarios, de usureros.
R.- Creer que gracias a la digitalización de la novela saldremos ganando porque desaparecerán los editores es una estupidez sólo achacable a la ignorancia. Nadie que haya publicado, que conozca el proceso de gestación de una novela, querría suprimir los controles sanitarios previos que separan su manuscrito del público. El trabajo cultural es un trabajo de equipo.

P-. Cuando publica Americana tenía usted, cuántos, ¿35 años?
R-. Comencé a escribirla con treinta. Me llevó cuatro concluirla. Antes de eso había escrito varios relatos, pocos. Finalmente la terminé en 1970, y se publicó al año siguiente. Después de eso escribí muy rápido, demasiado. Fascinación fue la última de la década. Y creo que cierra un periodo. A partir de entonces, cuando repasó los títulos, encuentro otro tempo.

Liberación de la Herencia italiana

P.- Curioso: en Fascinación habla de NY, su ciudad, pero no así en esa primera novela.
R.- Existe una razón. Al comenzar a escribir casi todas mis historias se desarrollaban en el Bronx, que era mi territorio, lo que conocía, pero a medida que mi vida se enriquecía supe que quería ser un novelista americano, no uno circunscrito a su barrio, local, sino alguien con vocación universal. De modo que abrí el objetivo y tuve mucho cuidado de que no fuera autobiográfica. Supuso una liberación de mi herencia italoamericana, muy rica pero también, en muchos sentidos, estrecha. Claro que el pasado familiar era muy rico, que mi abuela, que vivió cincuenta años en este país, nunca llegó a hablar inglés, que el barrio era un espectáculo, pero no podía conformarme sólo con eso.

P.- ¿Ha vuelto?
R.- ¿Al barrio?


P.- Sí.
R.- Sí, todos los años. No sólo yo. Muchos amigos de entonces, que también viven fuera, se acercan. Quedamos a comer y paseamos por la calle principal, que por cierto conserva todo el sabor aunque ahora la mayoría de los italianos hayan sido sustituidos por albaneses. Pero si usted quiere conocer cómo fue la Nueva York italiana el Bronx es un destino mucho más recomendable que Little Italy.

El niño de sangre italiana, que apedreaba charcos y ni siquiera soñaba con vivir en Manhattan (“Tan lejos del Bronx como podía estarlo Marte”) es ya un veterano legendario, eterno candidato al premio Nobel. El escritor con más novelas incluidas en la lista de imprescindibles del último cuarto de siglo que publicó el New York Times. Imposible, con todo, no preguntarle por sus odiadores. Por los que amándolo se sienten traicionados de un tiempo a esta parte.

P-. ¿Qué opina de quienes creen que ha abandonado la fértil veta de los 90, cuando sus libros sobrecogían por su amplitud y ambición, para encogerse?
R.- Que confunden calidad y peso. Yo no podía escribir Submundo II y luego Submundo III. Necesitaba explorar nuevos caminos. En cualquier caso uno escribe según lo que demande el libro, pero ya sabe, la gente quiere que el escritor se repita. Buscamos lo conocido, lo familiar.

Literatura y turismo

P.- Hablando de distancias, acaba de publicar sus cuentos.
R.- Reuní varios, sí, la primera vez que lo hacía. Fue curioso comprender que, no importa la época en la que los hubiera escrito, no tenían nada que ver con las novelas en las que estuviera trabajando entonces. Volvemos a que cada relato exige un tratamiento determinado, único, y que no puedes predecirlo.

Ese tratamiento, en el caso de DeLillo, presenta sin embargo varios rasgos definitivos: la indagación lingüística, el trazo meticuloso para construir los personajes, la capacidad casi terrible para afilar detalles y encontrarles las vueltas, los rincones menos transitados, el agujero que conduce hacia otra realidad escondida bajo lo evidente.

Sea como fuere el tiempo se agota y la agente llama a la puerta. A diferencia del cine, medio en el que los empleados ejercen con saña lobuna, contemplando el reloj con ceño feroz, la charla ha sido cordial y la agente no quiere mandarme a paseo, sólo anunciar, antes de irse, que han invitado a DeLillo a Noruega. El escritor parece examinar a ojo la distancia que lo separa de Oslo. Pasaportes, aviones, jet-lag, palmaditas en la espalda, firma de autógrafos, profesores y otros parásitos del mundo literario acechan más allá de la zona de embarque. Se encoge de hombros con gesto obediente: “Digo que no a mucho, pero tampoco quiero portarme mal con los editores. Se merecen el esfuerzo. Siempre que me dejen tiempo para escribir, claro”. Que tampoco es cuestión, a los 76 años, de abandonar la literatura por el turismo. Mucho menos si hablamos de alguien que en sus inicios ya esculpía relatos tan subyugantes, de aspecto genérico y, sin embargo, arboladura única, adrenalina acuciante, como el del perro que corre mientras la muerte acecha entre pistolas, agentes dobles y alcantarillas.




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