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El boom del libro de encargo: Un bestseller me manda hacer...

La concentración en los gustos de los lectores ha provocado que prolifere el encargo de volúmenes sobre temas y géneros específicos

NURIA AZANCOT | 30/03/2012 |  Edición impresa


Emili Rosales, Laura Gallego, Fernando Marías, Montero Glez., Irisarri, Eslava Galán, Vallvey, Silvia Querini, Llop, Ofelia Grande, Abel Hernández, Manuel Cruz, Jorge Herralde, María Borrás e Isaac Rosa

Editores y autores lo tienen claro: desde el Siglo de Oro siempre se han encargado títulos pero hoy son más necesarios que nunca porque los lectores buscan más de lo mismo, ya sea novela histórica, policiaca o ensayos sobre el cerebro o los campos de concentración. Aunque la mayoría de editores dice no hacerlo y sólo sugerir temas o estrategias, muchos escritores confiesan haber aceptado propuestas y en voz baja susurran que aún hay asuntos (premios, copias de éxitos ajenos) que es mejor no tocar, porque algunas preguntas, como dice un multipremiado, “no admiten una respuesta publicable.”


Jorge Prado, responsable de la distribuidora y red de librerías SGEL lo sabe bien: hoy lo que funciona son las novelas negras y los bestsellers. “Y cuando a una editorial tan grande como Planeta, por ejemplo, no le cuadran las cuentas a final de temporada, como pasó en 2011, adelanta unos meses las novedades que sabe que van a funcionar (Ruiz Zafón, Pilar Urbano, Punset) y que a menudo son libros de encargo o contratados antes incluso de que los autores se hayan puesto a escribirlos. Es una estrategia que no falla jamás”. Porque de estrategias hablamos. De estrategias y de que más del 50 por ciento de las novedades de autores españoles que hoy brillan en las librerías son fruto de encargos, mientras que distribuidores y libreros aconsejan con éxito a los editores “que un título con poco tirón duerma en sus almacenes un puñado de meses, o qué libro conviene anticipar, aprovechando el tirón del último libro de moda”, destaca Prado.

Los clones del 15 M

Quien lo probó, lo sabe: el letraherido se encuentra cada semana en su librería con títulos casi idénticos. Los editores están en su derecho: tratan de atraer al lector con novedades sobre esos asuntos que ahora parecen interesar más. En el campo de ficción, la novela histórica vive un momento de esplendor sólo comparable al de la novela negra, y en el del ensayo, los temas científicos relacionados con el cerebro o la teoría de las cuerdas, los neutrinos, los alimentos naturales, la autoayuda, e históricos sobre la guerra civil, la II República, la II Guerra Mundial o el 15M se multiplican como clones. Mención aparte merecen los premios, que cada año apuestan menos por lo nuevo.

Si el libro de encargo fue una tradición en la antigüedad -recordemos los versos de Lope, aquel “Un soneto me manda hacer Violante/que en mi vida me he visto en tal aprieto...”) , o cómo la Capilla Sixtina o las Cantatas de Bach hubiesen sido imposibles sin un mecenas o un encargo-, hoy los editores se ven obligados a sugerir a sus autores temas y estrategia, y es más frecuente pasear por librerías y ver títulos casi idénticos.

¿La causa? Para escritoras como Ángela Vallvey, es la recesión económica y que los editores están deseando vender, aunque se corra el riesgo de que la edición “una parte de ella, al menos, destaca, se vea sustituida por el márketing: ofrecer sólo lo que el consumidor desea, aunque sus deseos dejen mucho que desear desde el punto de vista de la ‘alta cultura'. El low cost puede llegar a la edición, y acabar con su excelencia”.

Más contundente aún se muestra Manuel Cruz, que habla de una industria editorial temerosa, pendiente de los autores mediáticos y de los lectores cautivos, y que es capaz de repetir, como él mismo ha comprobado, un texto del mismo filósofo en tres libros y sellos distintos. O Montero Glez, para quien “cuando un autor deja de ser autor y se convierte en producto, en hombre de paja de una industria enferma y se siente obligado a firmar obras que no son suyas, y la caga, acabando más quemado que el turullo de Kate Moss. Eso son cosas que están a la orden del día. Es lo peligroso del márketing, es lo peligroso de dejar de ser autor y entrar en una carrera de galgos famélicos cuya meta es numérica. Eso al final te acaba matando. Pienso que si eres autor de raza no tienes que entrar en ese juego. Otra cosa es que no seas autor y quieras parecerlo”.

Savater: “Sólo cuando me llaman”

Fernando Savater, autor de culto, perro viejo y sincero, lo reconoce sin ambages: lo del encargo es cuento viejo... su Ética para Amador, que ahora cumple veinte años, surgió de la petición de una amiga, profesora de instituto en Barcelona, y El valor de educar se lo encargó un sindicato de enseñantes latinoamericano. Galardonado con el último premio Primavera, dotado con 200.000 euros, por Los invitados de la princesa, confirma su honestidad confesando que aunque no sabe de encargos actuales”, puede repetir “lo que decía Isaiah Berlin: "Yo soy como los taxis, solo me pongo en funcionamiento cuando me llaman”.

Por su parte, el actual editor de Ética para Amador, Francisco Martínez Soria, responsable de Ariel, explica que ahora se procura, sobre todo, “no llegar tarde, adelantarse a las nuevas tendencias y nuevas modas” para satisfacer a los lectores. Ariel, comenta, no encarga libros, pero sugiere líneas a sus autores de cabecera. ¿Su último y más ambicioso proyecto? Sorpresa: un remedo de lo que hizo Savater con la filosofía para adolescentes, pero en literatura: se lo han encargado (o así) a José Angel Mañas, para que sea “ameno, divertido, ágil”.

Sea como fuera, la mayor parte de los editores consultados (Anagrama, Lumen, Siruela, Ariel, Destino, Alianza, Maeva, Salamandra, El Aleph...) niegan la mayor, pero los encargos existen y cada vez son más comunes. Así, algunos grupos editoriales han llegado a organizar seminarios de varios días para que sus editores estudiasen las claves de éxitos comerciales como La catedral del mar, de Ildefonso Falcones. Meses después, inundaban las librerías con decenas de copias de este título, como ocurrió con El Código da Vinci de Dan Brown o con el 15 M y los indignados). La II República y sus mil revisiones, los testimonios del último homosexual o del penúltimo niño que sobrevivió o no al holocausto copan las estanterías. Y el hundimiento del Titanic, Drácula...

Se trata, insiste Valeria Ciompi (Alianza) de buscar “nichos nuevos y tendencias novedosas que estén funcionando fuera, desde el rigor y el saber”. ¿Ejemplos? En su caso, han llegado a sugerirle a un autor científico especializado en la divulgación como Francisco Mora que investigue un tema diferente “al que puede habernos propuesto para su próximo libro, porque trabaja en un campo tan amplio que jamás falla”.

Sorpresas

María Borràs, editora de La Esfera, explica la situación por la ley de la oferta y la demanda y la necesidad “imperiosa” de publicar títulos que seduzcan al lector aunque, en ocasiones, su sello haya sufrido el abandono de autores a los que ha popularizado. Es, dice, lo que les ocurrió con el revisionismo histórico: “abrimos la veta, publicamos a Pío Moa y luego todos vinieron detrás porque era un filón”. Claro que no siempre es tan sencillo. A veces, por ejemplo, un encargo hecho hace años, como el de las memorias de Arancha Sánchez Vicario, que era para la editorial “una ocasión de cuestionar el tema de los niños prodigio explotados”, se convirtió en algo muy distinto que ocupó y ocupa aún titulares. “Nos pasó lo mismo -destaca Borràs- con el libro de Pilar Eyre sobre la Reina; es uno de los éxitos que más nos han alegrado en los últimos años, por inesperado, pero luego muchos creyeron que le habíamos encargado otro sobre los 50 años del matrimonio real a Marius Carol para compensar, y puede creerme, no es verdad... El volumen estaba atado y bien atado desde hacía tiempo”.

Más ejemplos: es seguro que Abel Hernández no hubiera escrito jamás Despídete de tu madre y serás rey, “sin haber recibido el encargo de Espasa. En otras ocasiones me han sugerido temas para escribir libros que yo he aceptado o rechazado, pero creo que son dos vías igualmente legítimas”. Juan Eslava Galán llegó a proponer a una editorial una terna de personajes para que eligiera al protagonista de su próxima biografía y ha escrito nada menos que tres ensayos sobre el aceite y su cultura que fueron, los tres, encargos institucionales. Y Ángeles Irisarri, una de las reinas de la novela histórica, reconoce que sí le han hecho, al menos en dos ocasiones encargos, dejándole elegir entre varios temas y con completa libertad de tratamiento y escritura. Aceptó, explica, porque “me tocaron la vanidad; ahora no lo haría, no porque el resultado de las obras por encargo sea malo o regular, que no, sino por haberme dejado llevar por ese pecado o pecadillo”.

Hay quien, como Isaac Rosa, premio José Manuel Lara, confiesa que suele “funcionar mejor cuando me piden algo (un artículo sobre un tema concreto, por ejemplo) que cuando me abandono a mi inspiración y ganas”. Porque, insiste, un encargo “puede ser un buen estímulo, no tiene por qué coartar la libertad del autor, que siempre puede rechazarlo. Pero no sólo los editores (que de libros algo saben, reconozcámoslo) deberían encargar. ¿Qué tal si un grupo de lectores, de forma más o menos organizada, se dirigiese a un autor y le encargase que escribiese de tal o cual asunto?”

En cambio Laura Gallego o José Carlos Llop no admiten encargo alguno. El escritor mallorquín, por ejemplo, asegura que siempre ha escrito “por necesidad, gusto o riesgo de escribir y lo mismo ha ocurrido con los asuntos que tratan o su estilo, que -si Buffon no se equivoca- debo de ser yo. Por un lado siempre he trabajado con editores literarios -no comerciales- y por otro, no debo resultar muy rentable porque nunca me han hecho sugerencias de este tipo”. Por razones muy distintas, Laura Gallego, la Rowling española, asegura no conocer el tema de los encargos porque tiene la suerte de haber escrito siempre lo que ha querido.

De zombies y otros amores

También 451 Editores puso de moda la revisión de clásicos como el Cid o Frankenstein, a partir de relatos de nueva planta escritos por autores españoles. El creador de la idea, mil veces plagiada, Fernando Marías, reconoce haber diseñado “ya bastantes libros (Hijos de Mary Shelley es el proyecto último y más potente de todos ellos)”. Y dice más. Que ha encargado muchos relatos, dando pie a los autores para que ellos vayan luego por donde quieran. Y que “en el volumen II de la colección, por ejemplo, que sale en mayo (Shukran. Espectros, zombis y otros enamorados) he pedido a más de veinte autores que escriban una historia de amor protagonizada por fantasmas o zombis. Pues bien, los relatos de, por ejemplo, Jon Bilbao, Irene Gracia, Vicente Molina Foix o Luisgé Martín son verdaderamente buenos. Creo que dar un pie a un autor y luego dejarlo libre genera mucha calidad (o puede hacerlo)."

En un segundo nivel hay editoriales como Lumen, que se ocupan principalmente de ficción, y en la que no abundan los encargos. “Lo que sí hacemos -explica Silvia Querini, su editora- es animar a un autor a que convierta un cuento en una novela porque vemos que el material lo permite. De todas formas, no solemos dar por bueno un proyecto encargado hasta tener una sinopsis muy detallada del texto y unas páginas que nos sirvan para apreciar en vivo y en directo el tono de escritura de un autor”. Eso sí, a veces ha sugerido “a ciertos autores” que se ocuparan de la biografía de un novelista o de un actor “porque intuíamos que había complicidad entre quien escribía y la persona retratada”. Y una nota inesperada: los mejores encargos -destaca Querini- “nacen a menudo de forma casual, alrededor de una mesa de café. A veces una buena copa de rioja compartida da mejores resultados que una avalancha de emails.Otros editores, como Emili Rosales, de Destino, describen su trabajo como el de un catalizador entre los distintos autores, como en el caso de Nosotros los indignados, mientras que Ofelia Grande, de Siruela, asegura que jamás ha realizado encargo alguno, más bien al contrario, siempre ha preferido que el autor de turno, por bestesellero que sea, “escriba a su ritmo, sin presiones ni condicionantes, y con total libertad”. Tampoco encargan nada, o muy poco, editoriales como Anagrama, aunque hayan aceptado “propuestas a partir de una sinopsis”, como Jorge Herralde, que si reconoce haber recomendado a un autor seguir una línea determinada. Es el caso, por ejemplo, del último libro de Marta Sanz: “Después de Black, black, black -explica Herralde- le dije que sería una pena abandonar al detective gay Arturo Zarco, pensaba que tenía mucho potencial y Marta también había pensado lo mismo: el resultado es Un buen detective no se casa jamás”.

Libros de semianalfabetos

Pero no siempre las sugerencias resultan tan inocentes. Eslava Galán destaca cómo casi todos los libros “firmados por famosos semianalfabetos son de encargo”, sin que sea difícil adivinar “que el famoso ha puesto sus recuerdos y un escritor o periodista, la redacción”, y Rosa Regás amplía el campo de las sospechas y menciona a esos autores que publican 10 ó 12 títulos al año, ya que “son ellos los que encargan los libros a los demás, los pagan y luego los firman, porque es muy difícil que un solo autor escriba tantas páginas al año. Habría que ser un Dickens y ya sabemos que en estos tiempos no hay personas tan dotadas”. O sea, que, como subraya Andrés Neuman, hay muchos libros de encargo más previsibles que escandalosos, porque, aunque los nombres de los autores varían, “el tipo de libro es siempre el mismo. Hablamos de prosa escrita de antemano, de lo contrario de la literatura. Aunque la cosa, claro está, depende más del talento que del purismo”.




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