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Martes, 29 de julio de 2014
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El verdadero Romney

Michel Kranish y Scott Helmann

Harper Collins, 2012. 401 páginas, 27'99 dólares

Los críticos han resaltado la elasticidad de las opiniones de Mitt Romney, la torpeza androide de su relación con los votantes, sus pulidas evasivas y su aparente falta de pasiones


 | 27/04/2012 |  Edición impresa


Romney. Foto: Keren Blein

Por Gepffrey Kabaservice

Es poco probable que Mitt Romney viese el filme El graduado cuando se estrenó en 1967. Él era un misionero mormón de 20 años que estaba en Francia, aislado de las influencias culturales que conformaron a la mayoría de los estadounidenses de su generación, y sus gustos cinematográficos tenderían hacia historias más sanas, como Sonrisas y lágrimas. Si la hubiese visto, dudo que se hubiese reído junto a sus contemporáneos durante la escena en la que un adulador hombre de negocios afirma que la clave del futuro son los plásticos. Es posible que lo considerara un consejo útil para su futuro profesional.

Los críticos han resaltado las cualidades plásticas de Romney desde que se metió en política: la elasticidad de sus opiniones, la torpeza androide de su relación con los votantes, sus pulidas evasivas, sus facciones esculpidas y su pelo moldeado, y su aparente falta de apetitos y pasiones. Pero el plástico también es duradero e indispensable y, aunque hasta ahora la mayoría de los votantes republicanos en las primarias ha preferido a cualquiera antes que a Romney, él parece dispuesto a ganar la nominación presidencial del partido. Pero, a pesar de la posibilidad cada vez mayor de que Romney ocupe en breve el cargo más importante del país, sigue siendo un enigma para la mayoría de los estadounidenses.

La gran virtud de esta nueva biografía escrita por los periodistas de The Boston Globe, Michael Kranish y Scott Helman, es que humaniza a Romney. Los autores olfatean al protagonista de su libro con la meticulosidad de un sabueso y desentierran antiguos informes escolares, escrituras de casas y recuerdos y vídeos familiares. Aparentemente, entrevistan a todo aquel que haya tenido contacto con Romney en cada etapa de su vida y llegan a la conclusión de que es, en muchos sentidos, un hombre admirable, profundamente entregado a su religión y su familia, y que posee unas cualidades estelares que lo llevaron al éxito en los negocios y el servicio público, entre otras cosas por su liderazgo en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2002 y su época como gobernador de Massachusetts entre 2003 y 2007.

Pero The Real Romney nos deja una impresión inquietante. La desgracia de Romney es que las cosas que lo definen se han convertido en cargas en su campaña presidencial y le han llevado a restar importancia a sus logros, creencias y legado, o incluso a repudiarlos. Hasta cuando asume el papel de favorito, se centra en quien no es -Barack Obama-, y no es capaz de defender abiertamente las cosas que más le importan. Si Obama es nuestro primer presidente posracial, Romney, con su estrategia de ausencias, tiene todas las papeletas para convertirse en nuestro primer presidente posmoderno.

Los problemas políticos de Romney empiezan, en un sentido básico, con su historia familiar. Los autores detallan las historias entrelazadas de los antepasados de Romney y la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, empezando por su tatarabuelo Miles Archibald Romney, uno de los primeros conversos al mormonismo en 1837.

El bisabuelo se negó a abandonar el “matrimonio plural” mormón -tenía tres esposas- y huyó de los agentes federales para crear una colonia en México. El abuelo volvió a Estados Unidos en la indigencia después de que los rebeldes mexicanos confiscasen las propiedades de la colonia, y el padre de Mitt, George Romney, fue gobernador de Michigan en 1962, se presentó sin éxito a la presidencia en 1968 y se convirtió en miembro del gabinete de Richard Nixon.

Es una historia de éxito exótica pero incuestionablemente estadounidense y Mitt Romney muestra un evidente “orgullo por su posición” como miembro de “una de las primeras familias mormonas”, según Kranish y Helman. Ha entregado a la Iglesia millones de dólares y ocupado puestos altos en su jerarquía; acata las prohibiciones de su fe sobre el alcohol, el tabaco, la cafeína y la blasfemia, y los autores del libro lo describen como un marido que adora a su esposa, un padre devoto y un buen samaritano.

El hincapié que hace el mormonismo en la familia, el patriotismo, la comunidad y el trabajo duro explica gran parte de la visión del mundo que tiene Romney, pero su íntegra vida no sirve para atribuirle el mérito político que suele acompañar a semejante dechado de virtudes, porque muchas personas no entienden o aprueban la religión que le inspira. Durante los últimos años, alrededor de una cuarta parte de los estadounidenses ha afirmado en las encuestas que no votaría por un mormón.

Los liberales se muestran escépticos respecto a una religión que hasta 1978 se negaba a aceptar como miembro de pleno derecho a cualquiera que tuviese una sola gota de sangre africana y que ha denunciado la teoría de la evolución. Se podría esperar que los conservadores cristianos apoyasen el programa político de los mormones, pero muchos creen que la religión no es cristiana sino un culto herético e incluso satánico. Por eso, Romney se ve obligado a quitarle importancia a su herencia y recurre a expresiones generalizadas de fe y patriotismo.

Una desconfianza bipartidista similar se extiende a los logros de Romney en los negocios y la política. Kranish y Helman arrojan luz sobre el trabajo de Romney para Bain & Company y su filial de inversión de capital, Bain Capital. La prudencia, la aptitud para los análisis basados en datos y la providencia permitieron a Romney y su equipo conseguir lo que los autores llaman “los mayores beneficios empresariales de la década de 1990” y le proporcio- naron a Romney una fortuna que calculan en “al menos 250 millones de dólares”. Pero muchos estadounidenses tienen sus reservas respecto a las empresas como Bain, que adquirieron compañías en dificultades usando dinero prestado, las cargaron con una deuda enorme y, en ocasiones, se largaron con unos beneficios increíbles sin importarles si las empresas quebraban.

En 1994, cuando se propuso sustituir al icono liberal Ted Kennedy en el Senado, Romney se mostró como “un defensor apasionado del derecho al aborto”, así como un defensor “socialmente innovador” de los derechos homosexuales (aunque no del matrimonio homosexual), los impuestos progresivos y el control de las armas. Mantuvo estas posturas mientras fue el gobernador republicano de un Estado demócrata. Su hazaña política más representativa fue una revolucionaria reforma sanitaria, algo que los autores consideran un éxito absoluto, especialmente porque consiguió que los residentes de Massachusetts tuviesen una cobertura sanitaria casi universal.

Sin embargo, la lucha de Romney por convertirse en el candidato a la presidencia de un Partido Republicano dominado por los conservadores le ha exigido deshacerse de sus anteriores opiniones y también distanciarse de su programa de asistencia sanitaria, que sirvió de modelo para el de Obama. Los autores se resisten al impulso de tildar a Romney de hipócrita por estos cambios radicales. Indican que ha estado “aplicando un modelo empresarial a la política” y que, en los negocios, “cambiar de postura en un mercado que evoluciona puede ser el secreto de la supervivencia”.

Por desgracia, hasta ahora no ha logrado demostrar que “sus cambios no fueron oportunistas sino razonados y sinceros”. Como consecuencia, Romney no ha convencido a los conservadores de que ha visto la luz, mientras que los moderados y los liberales esperan que en realidad no crea en las opiniones cada vez más extremas que ha defendido.

Donde se expone con más claridad el argumento de que Romney no es un moderado en su fuero interno es en las comparaciones que hace el libro entre él y su padre, que fue un líder de la facción moderada del Partido Republicano en los años 60 y 70. Esto no deja de ser irónico, dado que Mitt ha dicho que “creció idolatrando” a su padre y los autores dan a entender que su motivación para querer ser presidente es “vengar el fracaso de su padre” en 1968.

Pero Romney parece tener poco en común con su padre desde el punto de vista político. George Romney no solo defendía los derechos y las libertades civiles, una política exterior internacionalista pero no intervencionista, inversiones públicas sensatas en infraestructuras y educación y los programas gubernamentales que fomentasen la igualdad de oportunidades para todos los estadounidenses. Si su hijo tiene el valor de abanderar esas posturas frente a la oposición conservadora de su propio partido, ha dado pocos indicios de ello hasta ahora en su campaña.

Basándonos en las pruebas que contiene esta biografía, Mitt Romney no es tanto un político de plástico como un hombre personalmente íntegro y en general conservador que hará lo que haga falta para ser elegido presidente. Su idiosincrásico historial y sus deliberados esfuerzos por ocultar sus creencias y logros hacen pensar que su elección no representaría una victoria para el movimiento conservador sino que lo más probable es que favoreciese considerablemente a la derecha a pesar de ello. Puede que el borroso perfil del “verdadero Romney” solo adquiera nitidez si llega a ocupar la Casa Blanca.

(New Yor Times Book Review)




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